segunda-feira, 15 de setembro de 2008

Francisco Luis Bernárdez



Estar enamorado


Estar enamorado, amigos, es encontrar

el nombre justo a la vida.

Es dar al fin con las palabras que para hacer

frente a la muerte se precisa.

Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel

en que el alma está cautiva.

Es levantarse de la tierra con una fuerza que

reclama desde arriba.

Es respirar el ancho viento que por encima de

la carne respira.

Es contemplar, desde la cumbre de la persona,

la razón de las heridas.

Es advertir en unos ojos una mirada verdadera

que nos mira.

Es escuchar en una boca la propia voz

profundamente repetida.

Es sorprender en unas manos ese calor de la

perfecta compañía.

Es sospechar que, para siempre, la soledad

de nuestra sombra está vencida.

Estar enamorado amigos, es descubrir dónde

se juntan cuerpo y alma.

Es percibir en el desierto la cristalina voz de

un río que nos llama.

Es ver el mar desde la torre donde ha quedado

prisionera nuestra infancia.

Es apoyar los ojos tristes en un paisaje de

cigüeñas y campanas.

Es ocupar un territorio donde conviven los

perfumes y las armas.

Es dar la ley a cada rosa y al mismo tiempo

recibirla de su espada.

Es confundir el sentimiento con una hoguera

que del pecho se levanta.

Es gobernar la luz del fuego y al mismo tiempo

ser esclavo de la llama.

Es entender la pensativa conversación del

corazón y la distancia.

Es encontrar el derrotero que lleva al reino de

la música sin tasa.

Estar enamorado, amigos, es adueñarse de

las noches y los días.

Es olvidar entre los dedos emocionados la

cabeza distraída.

Es recordar a Garcilazo cuando se siente la

canción de una herrería.

Es ir leyendo lo que escriben en el espacio las

primeras golondrinas.

Es ver la estrella de la tarde por la ventana de

una casa campesina.

Es contemplar un tren que pasa por la montaña

con las luces encendidas.

Es comprender perfectamente que no hay

fronteras entre el sueño y la vigilia.

Es ignorar en qué consiste la diferencia entre

la pena y la alegría.

Es escuchar a medianoche la vagabunda

confesión de la llovizna.

Es divisar en las tinieblas del corazón una

pequeña lucecita.

Estar enamorado, amigos, es padecer espacio

y tiempo con dulzura.

Es despertarse una mañana con el secreto de

las flores y las frutas.

Es libertarse de sí mismo y estar unido con

las otras criaturas.

Es no saber si son ajenas o son propias las

lejanas amarguras.

Es remontar hasta la fuente las aguas turbias

del torrente de la angustia.

Es compartir la luz del mundo y al mismo

tiempo compartir su noche obscura.

Es asombrarse y alegrarse de que la luna

todavía sea luna.

Es comprobar en cuerpo y alma que la tarea

de ser hombre es menos dura.

Es empezar a decir siempre, y en adelante no

volver a decir nunca.

Y es, además, amigos míos, estar seguro de

tener las manos puras.


LA PALABRA

En cada ser, en cada cosa, en cada
palpitación, en cada voz que siento
espero que me sea revelada
esa palabra de que estoy sediento.

Aguardo a que la diga el firmamento,
pero su boca inmensa está callada;
la busco por el mar y por el viento,
pero el viento y el mar no dicen nada.

Hasta los picos de los ruiseñores
y las puertas cerradas de las flores
me niegan lo que quiero conocer.

Sólo en mi corazón oigo un sonido
que acaso tenga un vago parecido
con lo que esa palabra puede ser.

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